lunes, 17 de diciembre de 2012

División de la conciencia.

División de la conciencia 


Buscando la mejor comprensión de los estados de la conciencia que pueden presentarse, los teólogos han establecido tres divisiones fundamentales:

a) por razón del objeto

- verdadera: juzga la acción en conformidad con los principios objetivos de la moralidad

- errónea: juzga la acción en desacuerdo con ellos

b) por razón del modo de juzgar

- recta: juzga con fundamento y prudencia

- falsa: juzga sin base ni prudencia. Puede ser:

- relajada

- estrecha

- escrupulosa

- perpleja

c) por razón de la firmeza del juicio 

- cierta: juzga sin temor de errar

- dudosa: juzga con temor de errar o ni siquiera se atreve a juzgar.

Conciencia verdadera y errónea

Como es bien sabido, la verdad es la adecuación del entendimiento a la realidad de las cosas. Cuando esa adecuación falta, se produce el error. Por consecuencia, la conciencia verdadera será aquella que juzga en conformidad con los principios objetivos de la moral, aplicados concretamente al acto, y la conciencia errónea será la que juzga en desacuerdo con la verdad objetiva de las cosas.

Actuaría con conciencia verdadera (juzga de acuerdo a la ley moral) el que dice, por ejemplo:

-"ya que cometí un pecado mortal, no debo comulgar",

-"las faltas de respeto hacia tus padres contrarían un precepto divino".

Serían afirmaciones procedentes de conciencia errónea las siguientes: -"Por ser madre soltera le es lícito abortar".

-"Como tiene dificultades cuando se embaraza, puede tomar píldoras anticonceptivas".

Como se ve, en los últimos casos, hay disconformidad entre lo que preceptúa la ley moral y lo que señala el juicio de la conciencia.

La conciencia errónea puede serlo vencible o invenciblemente; en el primer caso la conciencia juzga mal por descuido o negligencia en informarse, y en el segundo no es posible dejar el error porque no se conoce, o porque se hizo lo posible por salir de él sin conseguirlo.

Nótese que esta consideración de la conciencia es idéntica a aquella sobre la ignorancia vencible o invencible pues la conciencia, al fin y al cabo, es un acto de la inteligencia, la cual puede estar afectada por el obstáculo de la ignorancia.

Tres principios se deducen de lo anterior:

1o. Es necesario actuar siempre con conciencia verdadera, ya que la rectitud de nuestros actos consiste en su conformidad con la ley moral.

De aquí surge la obligación —de la que hablaremos más detenidamente después— de emplear todos los medios posibles para llegar a adquirir una conciencia verdadera: conocimiento de las leyes morales, petición de consejo, oración a Dios pidiendo luces, remoción de los impedimentos que afectan a la serenidad del juicio, etc.

2o. No es pecado actuar con una conciencia invenciblemente errónea porque, como ya se explicó, la conciencia es la norma próxima del actuar y, en ese caso, no se está en el error culpablemente.

No se olvide, sin embargo, que aquí estamos hablando de error invencible  o porque no vino al entendimiento del que actúa, ni siquiera confusamente  la menor duda sobre la bondad del acto; o porque, aunque tuvo duda, hizo todo lo que pudo para salir de ella sin conseguirlo.

Es posible, por ejemplo, que el campesino sin instrucción religiosa ni acceso a ella ignore invenciblemente alguno o algunos de los preceptos de de la Iglesia . En el caso de un universitario o de un profesio­nista católico, esa ignorancia sería vencible de alguna forma.

3o. Es pecado actuar con conciencia venciblemente errónea, puesto que en este caso hay culpabilidad personal.

En la práctica se puede saber que el error era vencible si de algún modo se intuyó la ¡licitud del acto, o si la conciencia indicaba que era necesario preguntar, o si no se quiso consultar para evitar complicaciones, etc.

Conciencia recta y falsa

La conciencia es recta cuando juzga de la bondad o malicia de un acto con fundamento y prudencia, a diferencia de la falsa, que juzga con ligereza y sin fundamento serio.

No debe confundirse la conciencia recta con la verdadera. Un sujeto actúa con conciencia recta cuando ha puesto empeño en actuar, independientemente de que acierte (conciencia verdadera) o se equivoque (conciencia errónea). Se puede juzgar con rectitud aunque inculpablemente se esté en el error. Es decir, es compatible un juicio recto —hecho con ponderación, estudio, etc.— con el error invencible.

Para ilustrar lo anterior con un ejemplo, sería el caso del adulto recién bautizado y aun sin completa instrucción que, después de cavilar concluye que es obligación confesarse siempre antes de comulgar, aunque sólo tenga pecados veniales: juzga con aplomo considerando que los pecados veniales son incompatibles con la recepción del sacramento, aunque su juicio es erróneo invenciblemente, al menos de modo actual.

Es claro que no puede darse conciencia recta en la conciencia venciblemente errónea, pues faltó ponderación, que es uno de los constitutivos del juicio recto.

La conciencia falsa puede ser:

A. Conciencia relajada. Es la que, por superficialidad y sin razones serias, niega o disminuye el pecado donde lo hay.

En la práctica es fácil que los hombres lleguen a ese estado tan lamentable de conciencia que indica una gran falta de fe y de amor, y una culpable ceguera ante la realidad y gravedad del pecado. Son diversas las causas que conducen al alma a esa laxitud: la sensualidad en sus múltiples aspectos, el ambiente frívolo y superficial, el apegamiento a las cosas materiales, el descuido de la piedad personal, la falta de humildad para levantarse cuanto antes después de una caída, etc.

Para salir de ella habrá que remover sus causas, procurar una sólida instrucción religiosa y fomentar el temor de Dios por medio de la oración y la frecuencia de sacramentos.

B. Conciencia estrecha. Es la que con cierta facilidad y sin razones
serias ve o aumenta el pecado donde no lo hay.

Es necesario combatirla porque puede llevar a cometer pecados graves donde no existen, y conducir al escrúpulo. Para ello es conveniente la formación y el pedir consejo a quien nos puede ayudar a tener un criterio más recto sobre los propios actos.

No debe confundirse con la conciencia delicada, que teme hasta las faltas más pequeñas y procura evadirlas, pero sin ver pecado donde evidentemente no lo hay.

C. Conciencia escrupulosa. Es una exageración de la conciencia estrecha que, sin motivo, llega a ver pecado en todo o casi todo lo que hace.

Esta conciencia se manifiesta en una continua inquietud por el temor de pecar en todo, principalmente en materia de pureza, y en la duda asidua sobre la validez de las confesiones pasadas, con la consecuente obstinación en repetir la acusación de los pecados en las siguientes; en el temor permanente de que el confesor no entienda la situación interior del alma y, por tanto, el deseo de re­petir una y otra vez las mismas explicaciones, generalmente largas y minuciosas; en terquedad en los puntos de vista propios ante los consejos del confesor, etc.

El escrupuloso debe actuar contra sus escrúpulos ya que no son sino un vano temor, que no tiene fundamentos y, sobre todo, esforzarse seriamente por obedecer al confesor, ya que el escrúpulo es una enfermedad de la conciencia que impide un recto juicio.

D. Conciencia perpleja. Es la que ve pecado tanto en el hacer una cosa como en el no hacerla; p. ej., el enfermero que piensa que peca si va a Misa dejando solo al enfermo, y peca también por no ir a Misa.

Quien tiene ese tipo de conciencia debe formarse y consultar para ir saliendo de ella; cuando no le es posible hacerlo ante un acto concreto, debe escoger lo que le parezca menos mal, y si ambas cosas le parecen malas, no peca al elegir alguna.

Conciencia cierta y dudosa

La conciencia cierta es la que juzga de la bondad o malicia de un acto con firmeza y sin temor de errar.

Hay obligación de actuar de esa manera porque de lo contrario nos exponemos a ofender a Dios. No es necesaria la certeza absoluta, que excluya toda duda; basta la certeza moral, que excluye la duda prudente y con fundamento. P. ej., si tengo hepatitis, tengo certeza absoluta de que la Misa no me obliga; si tengo una gripa que me obligue a estar en cama o recluido en mi domicilio, puedo tener certeza moral de estar dispensado hasta que me restablezca.

La conciencia dudosa, en cambio, es la que no sabe qué pensar sobre la moralidad de un acto; su vacilación le impide emitir un juicio.

Propiamente hablando no es verdadera conciencia porque se abstiene de emitir un juicio, que es el acto esencial de la conciencia; es más bien un estado de la mente.

La duda puede ser:

a) negativa: cuando se apoya en motivos nimios y poco serios;

b) positiva: cuando sí hay razones serias para dudar, pero no suficientes para quitar el temor a equivocarse.

Los principios morales sobre la conciencia dudosa son:

1o. Las dudas negativas deben despreciarse, porque de lo contrario se haría imposible la tranquilidad interior, llenándose continuamente el alma de inquietud (p. ej., si valió la Misa porque estuve muy atrás, si es válida la confesión porque me absolvieron muy rápido, etc.).

2o. No es lícito actuar con duda positiva, pues se aceptaría la posibilidad de pecar.

En este caso, por tanto, caben dos soluciones:

 - Elegir la parte más segura, que es la favorable a la ley, no haciendo entonces falta ninguna consulta para salir de la duda, ya que así se excluye la posibilidad de pecar (si dudo positivamente si hoy obliga la Misa, y no puedo salir de la duda, debo ir a Misa. Es el aforismo popular que señala "ante la duda, genuflexión").

- Llegar a una certeza práctica por el estudio diligente del asunto, la consulta a quienes más saben, etc.

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