miércoles, 19 de septiembre de 2012

Obstáculos por parte de la voluntad


Los obstáculos que dificultan la libre elección de la voluntad son: el miedo, las pasiones, la violencia y los hábitos.


A. El miedo. Es una vacilación del ánimo ante un mal presente o futuro que nos amenaza, y que influye en la voluntad del que actúa.

En general, el miedo —aunque sea grande— no destruye el acto voluntario, a menos que su intensidad haga perder el uso de razón.

El miedo no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque el mo­tivo sea considerable: salvar la propia vida, o la fama, etc. Sería ilícito, por ejemplo, renegar de la fe por miedo al castigo o a la muerte, o emplear medios anticonceptivos por temor a consecuencias graves en la salud ante un nuevo embarazo, etc.

Por el contrario, si a pesar del miedo el sujeto realiza la acción buena, es mayor el valor moral de esa acción.

A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado incontables casos de per­sonas con un natural más bien tímido y poco audaz que han superado el miedo para cumplir la voluntad de Dios. Es el caso, por ejemplo, de José de Arimatea que, siendo discípulo oculto de Cristo "por temor a los judíos" (Jn. 19, 38), sabe vencerse y dar la cara cuando otros huyen: reclama "audaz­mente" (Mc. 15, 43) de Pilato el cuerpo muerto del Señor.

A veces, sin embargo, el miedo puede excusar del cumplimiento de leyes positivas (es decir, de leyes puramente eclesiásticas) que mandan practicar un acto bueno, si causan gran incomodidad, porque en estos casos se sobreentiende que el legislador no tiene intención de obligar. Sería el caso, p. ej., de la esposa que para evitar un grave conflicto familiar deja de ayunar o de ir a Misa. Es una aplicación del principio que dice que las leyes positivas no obligan con grave incomodidad.
Nótese que se trata sólo de leyes positivas o meramente eclesiásticas. El cumplimiento de la ley divina —p.ej., amar a Dios sobre todas las cosas— obliga siempre, aun a costa de la propia vida (p. ej., los santos martirizados por negarse a incensar a los ídolos).



B. Las pasiones. Designan las emociones o impulsos de la sensibili­dad que inclinan a obrar o a no obrar. Son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso entre la vida sensible y la vida del espíritu.

Ejemplos de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.

Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el objeto al que tiendan. Por eso, deben ser dirigidas por la razón y regidas por la voluntad, para que no conduzcan al mal.

P. ej., la ira es santa si lleva a defender los bienes de Dios (es la ira de Jesucristo cuando expulsa a los vendedores del templo: cfr. Mc 11, 15-19); el odio agra­da a Dios si es odio al pecado; el placer es bueno si está regido por la recta razón. Si los objetos a que tienden las pasiones son malos, nos apartan del fin último: odio al prójimo, ira por motivos egoístas, placer desordenado, etc.

Si las pasiones se producen antes de que se realice la acción e influyen en ella, disminuyen la libertad por el ofuscamiento que suponen para la razón; incluso en arrebatos muy violentos, pue­den llegar a destruir esa libertad (p. ej., el padre que llevado por la ira golpea mortalmente a su hijo pequeño).

Si se producen como consecuencia de la acción y son directamen­te provocadas, aumentan la voluntariedad (p. ej., el que recuerda las ofensas recibidas para aumentar la ira y el deseo de venganza).
Cuando surge un movimiento pasional que nos inclina al mal, la voluntad puede actuar de dos formas:

Negativamente, no aceptándolo ni rechazándolo;

Positivamente, aceptándolo o rechazándolo con un acto formal.

Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas no basta una resistencia negativa, puesto que supone quedar ex­puesto al peligro de consentir en ellas. Es necesario rechazarlas formalmente llevando el ánimo a otra cosa: es el medio más fácil y seguro, sobre todo para combatir los movimientos de sensuali­dad y de ira.

El naturalismo es la falsa doctrina que invita a no poner ninguna traba a las pasiones humanas, bajo pretextos pseudo-psicológicos (dar origen a trau­mas, p. ej.). Cae en el error base de olvidar que el hombre tiene, como consecuencia del pecado original, las pasiones desordenadas y proclives al pecado. La recta razón, como potencia superior, iluminada y fortalecida por la gracia, ha de someter y regir esos movimientos en el hombre.

C. La violencia. Es el impulso de un factor exterior que nos lleva a ac­tuar en contra de nuestra voluntad.

Ese factor exterior puede ser físico (golpes, etc.) o moral (prome­sas, halagos, ruegos insistentes e inoportunos, etc.), que da lugar a la violencia física o moral.

La violencia física absoluta —que se da cuando la persona violentada ha opuesto toda la resistencia posible, sin poder vencerla— destruye la volun­tariedad, con tal de que se resista interiormente para no consentir el mal.

La violencia moral nunca destruye la voluntariedad pues bajo ella el hom­bre permanece en todo momento dueño de su libertad.
La violencia física relativa disminuye la voluntariedad, en proporción a la resistencia que se opuso.

D. Los hábitos. Muy relacionados con el consentimiento están los há­bitos o costumbres contraídas por la repetición de actos, y que se definen como firme y constante tendencia a actuar de una determi­nada forma. Esos hábitos pueden ser buenos —y en ese caso los llamamos virtudes— o malos: estos últimos constituyen los vicios.

El hábito de pecar —un vicio arraigado— disminuye la responsabilidad si hay esfuerzo por combatirlo, pero no de otra manera, ya que quien no lucha por desarraigar un hábito malo contraído voluntariamente se hace respon­sable no sólo de los actos que comete con advertencia, sino también de los inadvertidos: cuando no se combate la causa, al querer la causa se quiere el efecto.

Por el contrario, quien lucha contra sus vicios es responsable de los pecados que comete con advertencia, pero no de los que comete inadvertidamente, porque ya no hay voluntario en causa.

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